01/01/2014 – A vueltas con la bella Amira

No es la primera vez que hablo de la bella Amira, la doncella que los moros dejaron encantada. Ella será la piedra angular del nuevo proyecto de novela que este año comienza a andar: el personaje de ficción, la protagonista. Sí, no es la primera vez que hablo de la bella Amira, y sin embargo, qué poco sé de ella.

LabellaAmira

Quiero imaginar que sus ojos son un arma, la punta de una flecha envenenada, aquella que hiere la razón y la remata. Una mirada penetrante, de fuego, que te envuelve y te desarma. Amira son sus ojos, los ojos de un ser enigmático, que apenas habla.

Muchos son los interrogantes que debo resolver acerca de ella: de su condición, de su infancia, de su relación con el resto de personajes. Antes de sentarme a escribir tengo que saber quién fue realmente Amira, qué sucedió para que su muerte originase tan inquietante leyenda. Quizá sobre su origen no convenga decir nada, al menos al principio, eso creará intriga y potenciará su naturaleza enigmática. Bastará con conocer su ascendencia: quizá fuese hija de padre musulmán y madre de cristiana, quizá de noble estirpe, quizá una renegada del Islam. Poco importa eso de momento. Conviene presentarla como un ser solitario, atormentado, que vive apartado y en comunión con la Naturaleza; quizá podría ser una herborista, una curandera, o mejor aún: una hechicera, una nigromante; quizá un poco de todo. Podría vivir en el barranco que ahora lleva su nombre, quizá dentro de una cueva, quizá en uno de los molinos que allí existían en el siglo XIII. Y puede que los solitarios aquelarres en los que Amira participaba se produjesen a la luz de la luna, alrededor de alguno de los riscos y megalitos que abundan en el barranco de la Encantada. Sí, puede que ese fuese su final, pero sus inicios deben ser tan distintos… Conviene presentar al personaje al final de un proceso que se antoja decadente para, acto seguido, regresar al principio de sus días. Eso creará en el lector numerosas preguntas cuya respuestas irá descubriendo. Sí, un aquelarre, un conjuro, una maldición sería una buena forma de arrancar la novela. La mujer despechada que lanza su conjuro contra alguien: el preludio de un destierro que está por venir, una muerte violenta, el desgraciado desenlace de un amor: el nacimiento de una leyenda. Pero la bella Amira fue mucho más, y lo que hasta aquí he bosquejado sería sólo el final de sus desgraciados días.

La bella Amira

Muchas son las caras que puede presentar Amira, pero sólo una de ellas me vale, de modo que voy a elucubrar en voz alta y dejarme llevar, teniendo en cuenta que los ámbitos cronológicos y geográficos serán los mismos que los de La Montaña Azul, esto es: los valles de al-Azraq mediado el siglo XIII.

En el anterior proyecto de novela, Amira era doncella de la reina Violante. En mayo de 1244, Amira y un grupo de sirvientes, caballeros y clérigos viajaban al castillo de Rebollet por preparar una de las torres para la dormida del rey y sus nobles, cuando a su paso por el estrecho de Rugat fueron víctimas de una emboscada sarracena. Todos los cristianos fueron apresados y conducidos al castillo de Rugat, mas cuando semanas después se negoció el rescate de todo el grupo, Amira no formó parte del acuerdo. En cuanto la vio, el visir al-Azraq quedó prendado de su belleza y la llevó con él al castillo de al-Qal’a. Al-Azraq liberó a los diecisiete prisioneros que con ella viajaban, pero Amira era hija de padre musulmán, y aunque fue bautizada en la fe que profesaba su madre, era de ascendencia musulmana según los preceptos del Corán. Con el pretexto de devolverla al Islam, el visir rehusó el generoso rescate que don Jaime le ofrecía por devolverla al séquito de la reina. Pero la joven Amira era de armas tomar, y dos meses después de tenerla cautiva en al-Qal’a, al-Azraq todavía trataba de persuadirla con las más delicadas de sus atenciones para que la otra renegase del politeísmo y encontrara el buen camino del Islam. En todo ese tiempo, el Moro había sucumbido ya al hechizo de sus ojos y, ciertamente, sus atenciones para con ella fueron tales que Amira terminó por enamorarse de quien la retenía contra su voluntad con tan exquisitas consideraciones. Entonces, ¿por qué no quiso renegar de la Trinidad? Esa es una pregunta que debe tener una respuesta firme, pues se necesita un motivo para que su amor fuese un amor desgraciado, imposible, prohibido. Puede que el visir estuviera casado con la hija del alcaide de Planes y que Amira condicionase su conversión a que éste se decidiera por una de las dos. Y bien que el Moro la habría elegido a ella si hubiera tenido opción de hacerlo, pero la resistencia de La Montaña dependía de su alianza con el alcaide Ibn Saldún. Sí, Amira hubiera traicionado sus creencias por desposarse con él, pero sus sentimientos no los podía traicionar. Su corazón era uno y no estaba dispuesta a compartirlo. Y así fue cómo Amira quedó de sirvienta en la fortaleza de al-Qal’a, de día, porque durante la noche el visir se deslizaba hasta su cama por convertirla en su amante. Fueron apenas unos meses, el tiempo necesario para que ella enloqueciera de amor. Sí, Amira enfermó de amor, tanto que, ante la imposibilidad de desposarse con su amado, le suplicó que la vendiese. La guerra con el Tirano llamaba a la puerta y, aunque de mala gana, al-Azraq accedió a atender su petición. Simuló venderla al molinero de Planes –buen hombre aquel–, pero en realidad acordó con él su custodia. El visir la visitaba entre batallas, pero sus encuentros carnales sólo sirvieron para empeorar las cosas. La última vez que sus cuerpos se juntaron, al-Azraq le acarició el pelo en la despedida. Amira estaba bellísima, pero sus ojos daban miedo. Pronto, las secuelas del resentimiento trajeron el rencor y la sinrazón. Poco tiempo tardó Amira en acercar al molinero hasta su cama, y cuando lo tuvo hechizado, se convirtió al Islam y se casó con él. Lo hizo sólo por despecho, por demostrar al visir que bien hubiera renunciado a su dios por amor. Ya por aquellos días, los ojos de Amira exhalaban odio y pronto se entregó a Satán y Belcebú por dar cumplida respuesta a su venganza. Aprendió las propiedades de los bebedizos y, al poco, los secretos de la nigromancia dejaron de serlo. Comenzó a invocar a la luna en sus aquelarres, y apenas un año después, su marido moría despeñado, en tan extrañas circunstancias que hubo quienes la acusaron de haberlo inducido al suicidio. Desde que enviudó, vivió sola en aquel recóndito molino junto al congosto, apartada de la gente, dedicada al único objetivo que le quedaba en la vida: confabularse con el Diablo y acabar con el visir al-Azraq. El papel que jugó la bella Amira en el destierro de al-Azraq es algo que dejo al libre devenir de los acontecimientos.

Esta versión admitiría la posibilidad del embarazo de Amira en el último de sus encuentros carnales con el visir al-Azraq y el posterior sacrificio del fruto de su relación durante uno de aquellos aquelarres.

henna

Así, en principio, me quedo con la misma Amira de La Montaña Azul: la Amira doncella, cristiana; la Amira rebelde, la amante enamorada, la mujer despechada; Amira la Bella, la loba, la hechicera: la Encantada.

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