19/09/2012 – Al-Qal’a, siempre al-Qal’a

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«Desde lejos, al-Qal’a parecía un nido de águilas colgado de los peñascos:
sus muros se ajustaban al precipicio y los tapiales sobresalían de la roca
cual apéndices de la montaña; las torres se levantaban sobre los escarpes,
las murallas sobre las crestas, y los edificios aparecían diseminados por doquier
–caprichos del relieve– en los lugares más abruptos e insospechados.
En su decadencia, al-Qal’a semejaba un caos de maleza y desolación,
y aun así cómo intimidaba…»

La Montaña Azul (Preámbulo)
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Cada vez que subo a la fortaleza de al-Qal’a la emoción me anuda los intestinos. No, el nido de águilas que albergara al visir al-Azraq no es un lugar cualquiera.

Cuando llegué, la tarde desfallecía y la Luna apuntaba gibosa entre los riscos. No quise perderme el espectáculo: me encaramé a la torre más alta y tomé asiento en primera fila, al borde del abismo. El Sol declinaba sobre las afiladas crestas de Benicadell, cálido, apacible, y al poco de desaparecer comprendí que había llegado el momento. Busqué el Smartphone que guardaba en el bolsillo, acomodé los auriculares en mis oídos y, mucho tiempo después, la llamada del muecín regresaba al valle de Gallinera. A continuación, una voz gutural, engolada, recitó la decimosexta sura del Corán titulada El viaje nocturno: «Loado sea quien hizo viajar a su siervo, por la noche…» Cuando el alfaquí enmudeció, las cumbres de Benicadell ardían en el ocaso: el viajero nocturno estaba preparado.

_MG_1922-2-1Dejé que Benicadell aplacara sus demonios, que languideciera, y ya en adelante quedé a solas con la Luna. Me abandoné al encanto de sentirla sobre mi piel, de contemplarla: su luz acariciaba las peñas, tan limpia y melindrosa que hasta los maltrechos perfiles de al-Qal’a parecían otros. El cielo se adivinaba profundo, azulado como un mar en calma, y el silencio de la noche invitaba a la introspección, al desvelo. Casiopea apuntaba por el norte y, sobre al-Qal’a, las Osas giraban alrededor de la estrella polar. A mis pies, la sombra de la torre se quebraba en la profundidad del barranco, y al verme cabalgando sobre ella sentí que mi cuerpo se desdoblaba, que estaba allí, sí, en lo alto del torreón, y al mismo tiempo que deslizaba ladera abajo, entre encinas, romeros y algarrobos, como una piedra. Entonces anhelé que todas aquellas ruinas que me rodeaban tomaran vida: ajusté los auriculares en mis oídos, descansé la mano en mi corazón y supliqué que El intérprete de los deseos [1] me llevara. Imaginé que en una de aquellas estancias se recitaban los versos de Ibn Arabí, y al tiempo que los acordes del laúd me persuadían, cerré los ojos y quise ver. La noche olía a cordero, a canela, tomillo y romero, y a mi espalda el calor de una hoguera me acariciaba. En la lejanía, el reclamo del cuco desfallecía en su paradero, huraño, apenas un susurro sobre la música, y fue al atender su llamada cuando advertí que no estaba solo, que alguien me acompañaba. Su voz sobresalía entre el crepitar de la leña, armónica, poética, azul, como una letanía que aturde la razón y la extravía. Sí, la noche olía a cordero y el calor de la hoguera me amansaba. Fue el humazo, el humazo azul que me ahogaba y envolvía, y el resplandor de aquella fogata azul que danzaba en mis párpados, que esbozaba sombras y las desvanecía; y fue también el lastimero recitar del trovador quien me obligó a apretar los ojos y abandonar mis sentidos al viento, al azulado viento de la noche azulada. Y al punto de abandonarme intuí la presencia de cuantos atendían aquellos versos, y los descubrí del otro lado de la hoguera, callados, recostados sobre almohadones, velados por el humazo, por el humazo azul que todo lo envolvía. Sí, la noche olía a cordero, a cordero deliciosamente especiado. Y cómo se relamían...

_MG_1949El reclamo del cuco se escuchó de nuevo en su paradero, y al abrir mis ojos todo se desvaneció. La Luna continuaba allí, apaciguando los peñascosos perfiles de al-Qal’a, pero El intérprete de los deseos callaba junto a mi oído y no quise resignarme a su silencio. Salté de mi asiento, me encaramé sobre la muralla y me abracé a la más anciana de las almenas; y así, con la frente apretada contra el tapial, marcándolo en mi piel por alcanzar su sabiduría, la fría piedra me reveló el nombre del trovador y de cuantos acompañaban al visir aquella noche.


[1] Colección de poemas de Ibn Arabí (Murcia, 1165 - Damasco, 1240), extraordinariamente interpretados por Omar Metioui y Eduardo Paniagua, quienes ponen voz y música a los versos del mayor referente del sufismo de al-Ándalus.
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199 - Bona nit, al-Qal'a!!!

Seguramente, el poco tiempo que dormí lo hice de un tirón, con una sonrisa de satisfacción cosida en los labios. Lo intuyo porque cuando las primeras luces de la mañana me despertaron, salté del interior de la tienda y, levantando los brazos al cielo, grité: Bon día, al-Qal’a!!!

_MG_1999 _MG_1982

Cada vez que subo a al-Qal’a, a la Fortaleza, la emoción me anuda los intestinos; sin embargo, cuando abandono sus muros, sé que pronto estaré de regreso.

Pano al-Qal'a

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3 comentarios:

elSocarraet dijo...

ESPECTACULAR!!! ...jo vuic el llibre ja! ;)

NAMOR dijo...

Sin duda y mas después de ver las fotos que has traído, queda pendiente que vayamos. Como te he dicho antes, se ve claramente como disfrutaste y como disfrutas de esta localización cada vez que la visitas. Y en cada una de ellas, sorprendes con lo que traes............personalmente esta visita ha sido productiva y espectacular.
Un abrazo Justo.

Justo Sellés dijo...

Gracias por pasar y dejar vuestro comentario, chicos. Nos vemos pronto!!!

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