12/09/2012 – Sueños de tormenta

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La tarde del jueves 30 de agosto fue tarde de nubes de evolución, de níveos cúmulos que se levantaban como un yunque sobre el abochornado cielo de Perputxent: se cocía una buena… Estuve atento al rumor de la tormenta que tenía que llegar, de modo que cuando escuché su rugido en la distancia valoré su posición y estimé cuál podía ser su evolución y recorrido. Reconozco que me equivoqué, que mis ansias por fotografiar los perfiles de l’Encantà bajo la tormenta se impusieron a la evidencia que me llevaba de nuevo al castillo de Perputxent. No, el castillo de Perputxent ya figuraba en mi archivo fotográfico de tormentas: ahora quería el barranco de l’Encantà.
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La noche me sorprendió al pie del cañón, frente a los afilados perfiles de l’Encantà, y aunque la tormenta refulgía insistente a mi espalda, permanecí atento a mi encuadre: uno sólo de aquellos rayos que caían por atrás me valdría de aparecer al frente.
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197 - Entreluces

Monté el gran angular y programé el temporizador para que la cámara no dejara de fotografiar: f8.0, ISO400, 60sg. Una hora después apenas había cazado un relámpago asomando tímidamente por un costado. Sin embargo, c
ientos de rayos restallaban detrás de mí, sobre las sierras de la Safor y Benicadell oriental, y me remordía la conciencia. Al final, no me quedó otra que rendirme ante la evidencia.
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_MG_3191-1

La tormenta llevaba más de una hora descargando tras Benicadell oriental, en la zona de Gandía, de modo que no tardaría en cambiar su posición y/o apagarse. Cargué el equipo en el coche y marché hacia el castillo de Perputxent. De camino los relámpagos caían ya con una menor cadencia: tenía que darme prisa… Cambié de planes sobre la marcha y me dirigí al despoblado de al-Kanesiyya, a medio camino entre l’Encantà y Perputxent. Mientras montaba la cámara sobre el trípode resplandecieron un par de relámpagos, verticales, poderosos, quebrados, pero fueron los últimos que vi aquella noche, que en vano los esperé con el encuadre ya resuelto y la cámara configurada para la ocasión. En adelante, una niebla a media altura engulló las cumbres y ahogó cualquier vestigio de tormenta: no podía creerlo!!!
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Al poco regresó la lluvia, débil pero acompañada por un viento del demonio que todo lo salpicaba. Dudé si recoger el equipo y marcharme, pero no, no podía marchar de vacío, esperaría a que se abrieran las nubes y apareciesen las estrellas. Quedé junto a la cámara, escuchando el tamborileo de la lluvia sobre el paraguas, esperando a que amainara. Pasada la medianoche las tripas me rugían y el sueño me vencía. Más pronto que tarde escampará –pensaba–: tiene que hacerlo. Nunca pensé que dormitaría de pie, agarrado al trípode, pero lo hice.
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La tormenta teñía de morado las nubes cuando el cielo se abrió a mi espalda y el plenilunio asomó, vívido pero escueto, entre las nubes. Fue un instante, el tiempo suficiente para tomar una foto antes de que se volviera a cerrar, el tiempo justo para bañar las ruinas que tenía ante mí con esa extraña luz que proyecta el Sol cuando irrumpe entre las nubes de una tormenta. “Sol de tormenta” la llamo yo, de modo que cuando contemplé la imagen en la pantalla de la cámara su título no me ofreció la más mínima duda.
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196 - Luna de tormenta
Regresé a mi sueño, al retumbar de la tormenta en la distancia, al tamborileo de la lluvia sobre el paraguas, hasta que las nubes comenzaron a escampar y las estrellas aparecieron, finalmente, en el firmamento.
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_MG_3250-11

La tormenta resplandecía en la lejanía, pero yo sólo tenía ojos para mi Catalina. La noche comenzaba de nuevo…

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