09/01/2012 - Arriba las enseñas (I): trota la caballería

Embraçan los escudos delant los coraçones,
abaxan las lanças abueltas de los pendones,
enclinaron las caras de suso de los arzones,
batién los cavallos con los espolones.

Cantar de Mio Cid, 715-718
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Et porque sepan los homes qué departimento ha entre armaduras et armas,
decimos asi, que todo aquello que visten o ponen sobre sí
para defender su cuerpo es dicho armaduras,
et todo lo al que es para ferir ha nombre armas,
como desuso deximos en el titulo de los caballeros.
Otrosi deben seer sabidores que tambien las armas
como las armaduras que troxieren
que las sepan mandar hacer fuertes, et ligeras et apuestas:
ca la fortaleza de las armaduras los amparará mejor et podran mas sofrir;
et con las armas que fuesen fuertes podrán facer mayor daño et mas aina,
et las apostura les fará parescer mejor con ellas
et ser mas temidos de sus enemigos,
et la ligereza que las puedan mas sofrir et ayudarse mejor dellas,
también de las que traen para amparanza como de las que con que han de ferir.

Alfonso X (Las Partidas)
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La intervención de la caballería resultó trascendental en la resolución de numerosas contiendas medievales. A este respecto, en la península ibérica se desarrollaron dos tipos de montas radicalmente opuestas, derivadas de diferentes formas de entender el combate, que supusieron la evolución de un armamento y unas armaduras específicas.

La monta a la brida es el resultado de una táctica basada en el empleo de la lanza sobre una caballería pesada en formación que es proyectada a la carga. En este tipo de monta, el caballero adopta una disposición extendida de las piernas sobre los estribos y combate encajado en una silla de arzones muy altos que lo abrazan por las caderas y le permite sufrir la acometida sin ser desmontado. Esta técnica resultaba irresistible ante la embestida y el choque, y fue empleada, fundamentalmente, por los cristianos. Requería del empleo de la lanza y un gran escudo, en primer término, así como de la maza y la espada. Los caballeros portaban cascos con protección nasal o incluso yelmos, y vestían cotas de mallas que protegían todas las partes de su cuerpo (lorigas, lorigones, brafoneras, manoplas, almófares...) Sobre la loriga podían llevar una coraza de cuero rellena de algodón llamada perpunte, y debajo de la cota, con el fin de evitar el roce con el acero, vestían el gambax. Los caballos, asimismo, podían ir enlorigados y provistos de testera.

La monta a la jineta, sin embargo, estaba basada en el empleo de una caballería ligera y de menor alzada. La escasa longitud de las aciones obligaba al jinete a llevar las piernas ligeramente dobladas sobre los estribos, permitiéndole una mayor movilidad sobre la silla y una monta más ágil y veloz que, a su vez, condicionaba la ligereza en el equipamiento del jinete y la adopción de un tipo de combate denominado karr-wa-farr o tornafuye (rápidos ataques seguidos de fingidas huidas), basado en la libertad de movimientos como mejor arma, táctica que con frecuencia se complementaba con el despliegue de emboscadas. La caballería se gobernaba con un tipo especial de freno más ligero, estribos cortos, espuelas y monturas rasas de arzones bajos. Respecto del armamento, el musulmán era poco dado al empleo de la espada; por el contrario, gustaba de usar el arco sobre el caballo, arma que se adaptaba mejor a las características de la monta a la jineta. Los escudos (adargas de cuero) y las lanzas eran más ligeras que las cristianas, y el jinete raramente llevaba loriga y brafoneras, y aún menos perpunte; preferían como armadura el corto lorigón sin mangas y cuando utilizaban la loriga y el perpunte de los cristianos, los empleaban desprovistos de mangas, buscando la libertad del brazo. La cabeza solían cubrirla con una toca, aunque también era habitual que llevaran casco y almófar.

La táctica de la caballería musulmana era bien conocida por los cristianos y aún con esto debía seguir causando estragos a decir por las advertencias que el infante Don Juan Manuel hace en el Libro de los Estados: «…Et si non levaren presa, non deven trabajar mucho en ir en pos ellos, porque ellos andan muy ligeros et son muy graves en alcançar, et pierdense muchos cavallos yendo en pos ellos et aun a veces muchos omnes, salvo si entienden que se pueden baratar con ellos, et que el fecho está en tal manera que con la ayuda de Dios los pueden desbaratar… Pero sobre todas las cosas del mundo deven guardar que non fagan aguijadas de pocas gentes, sinon quando fueren todos en uno; ca una de las cosas del mundo con que los christianos son más engannados, et por que pueden ser desbaratados más aina, es si quieren andar al juego de los moros o faziendo espolonadas a tornafuy; ca bien cred que en aquel juego matarían et desbaratarían çient cavalleros de los moros a trescientos de christianos, et ya muchas vezes muchas gentes et huese de christianos fueron desbaratados con estos engannos et maestrías de los moros.»

Todo lo anteriormente expresado sirve para hacerse una idea de cómo pudieron ser las lides campales en la alta Edad Media. Sin embargo, en los territorios de al-Azraq la guerra debió hacerse de un modo muy diferente: con cabalgadas, algaras y espolonadas, con emboscadas, motines, levantamientos y escaramuzas, con delatores, confidentes y conspiraciones, con sobornos, cautivos, rescates y traiciones... Al respecto de este tipo de guerra resulta muy sugerente lo expresado por Alfonso X en el título XXIII de la Partida II: las cabalgadas, que se hacen para correr algunt logar o facer daño a sus enemigos, son de dos clases: concejeras y encubiertas. En las que se hacen concejeramente, va tan grand poder de gente que se atreven a armar tiendas e hacer fuegos… o en esta han de ir muy acabdellados. Las que se facen encobiertamente es quando los que van en la cabalgada son tan poca compaña e han tal fecho de facer que no quieren ser descubiertos mientras en la tierra de los enemigos fueren… deben andar más de noche que de día, e han de traer tales homes que les sepan guiar por los logares encubiertos, por que no sean vistos de los enemigos, e por esta mesma razón han de posar en los logares baxos. Respecto de las Algaras e correrías son otras maneras de guerrería... la algara es para correr tierra e robar lo que hi fallaren… e han de catar… que sean ligeramente armados… que puedan hi llegar los que la facen ante que les cansen los caballos… E la corredura… non se face si no de poca compaña, por eso han de ir al furto e non paladinamente como los del algara…

Jaime I sabía que los dominios de al-Azraq «no es terra de brocar be als cavals armats». Y esta fue la baza que mejor jugó el Moro, sabedor de la ventaja que le confería la posición de sus castillos, la mayoría musulmana, el conocimiento del territorio y su tan escarpada orografía. Así, la monta a la brida que tan buenos resultados ofreció a la caballería cristiana –sobre todo a la castellana– cuando se combatía en campo abierto, aquí resultó del todo estéril; aunque, por otra parte, tampoco parece que fuese este tipo de confrontación de choque el que practicaron las huestes aragonesas durante la conquista de Valencia. Sea como fuere, en los dominios de al-Azraq el caballo armado y las lanzas servían de poco. No, aquí el riesgo de emboscadas desaconsejaba las incursiones y de no haber predisposición a la rendición –como no la había–, la táctica de la intimidación-negociación-capitulación que tan buenos resultados había ofrecido a los aragoneses en otras ocasiones tampoco servía de mucho.

Resulta obvio que la caballería andalusí, basada en la ligereza de su armamento y en la mayor libertad de movimientos que ofrecía la monta a la jineta, se adaptaba muchísimo mejor a los condicionantes orográficos de La Montaña. Sin embargo, no creo que esta circunstancia fuese determinante, ni siquiera significativa, dado que la mayor de las ventajas debió venirles del perfecto conocimiento de un territorio que predispone a la escaramuza y es de prever que la infantería tuviese un papel más relevante que la caballería en aquella guerra de guerrillas. Por tanto, todo indica que ni las máquinas de sitio como trabuquetes y pedreras, ni la caballería de guerra cristiana tuvieran protagonismo alguno durante la conquista feudal de los territorios de al-Azraq.

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BIBLIOGRAFÍA

· Alvaro Soler del Campo. La evolución del armamento medieval en el reino castellano-leonés y al-Andalus (siglos XII-XIV). Servicio de publicaciones del EME (1993)

· Gonzalo Menéndez Pidal. La España del siglo XIII leída en imágenes. Real Academia de la Historia (1986)

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