30/11/2011 – Noche de barrancadas: sesión fotográfica bajo el diluvio

La previsión meteorológica invitaba a la ilusión, pero debo reconocer mi escepticismo ante la formación de una gota fría a las puertas de diciembre. Aún con todo, me acosté con la persiana levantada y la ventana a medio cerrar y quedé a duermevela, con los sentidos aletargados, soñando que tronaba.

Recuerdo que los perros ladraban en la distancia cuando el fulgor del relámpago me despertó, y que el reloj marcaba las 02:05 cuando el trueno me sacó de la cama. Un segundo relámpago vino a resplandecer mientras me calzaba las katiuskas y ya el tercero me sorprendió escrutando el cielo desde la ventana. Sí, aquello iba en serio: si quería fotografiar el castillo de Perputxent bajo la tormenta tenía que apresurarme.

El cielo se derramaba sobre la carretera de camino a l’Orxa y tal era la cortina de agua que caía que no osé embragar más marcha que la segunda. El diluvio arreciaba junto a la antigua estación del ferrocarril y, cada poco, los relámpagos iluminaban la noche: no, aquello no tenía visos de amainar, al contrario. Encaré la vía verde del Serpis en dirección a Villalonga, pero la torrentera que discurría camino abajo me hizo dudar. Fueron apenas unos segundos, los necesarios para convencerme de que Perputxent es territorio abrupto y que, mientras permaneciese elevado sobre los cauces y las barranqueras, las aguas no podrían arrastrarme.

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Cuando llegué al mirador del castillo la tronada descargaba enfurecida. Miré el reloj: las 02:25. En aquellas circunstancias resultaba del todo imposible salir del coche, de modo que accedí al maletero desde los asientos traseros, tomé la mochila, el paraguas y el trípode y, como buenamente pude, me enfundé el chubasquero y unos pantalones impermeables. La tempestad rugía afuera y la incesante sucesión de relámpagos y la imposibilidad de registrarlos me carcomían la paciencia. En otras circunstancias me habría abandonado a su contemplación, a escuchar el tamborileo de la lluvia sobre los cristales, pero la posibilidad de que la tormenta se desvaneciese me empujaba a salir del coche cuanto antes. Conecté la cámara y ajusté los parámetros de la foto como si de una toma nocturna se tratara: f5.6, ISO 100, exposición en modo Bulb. Entonces, una primera duda me asaltó: ¿qué temperatura de color ajustaba? Era la primera vez en la era digital que me enfrentaba con un rayo y la excitación del momento me llevó a ajustarla en automático. De inmediato llegó la segunda: ¿qué objetivo sería mejor: un gran angular o una focal media? Afortunadamente, el mirador del castillo admite el empleo de un gran angular. Abierto a 10mm permite encuadrar incluyendo el camino que viene de Perputxent de modo que la traza de éste arranca desde las esquinas inferiores y acompaña la mirada del espectador hasta los pies del castillo. Una focal un poco más larga, sin embargo, permite componer con un espino y un pedrusco en primer plano. Sí, el gran angular era la mejor opción porque, además de asegurar el enfoque, permitía abarcar mayor superficie de cielo. Monté el Canon 10-22, formateé la tarjeta, comprobé el nivel de carga de la batería, ensamblé el autodisparador y el nivel de burbuja, ajusté la funda contra la lluvia y, ya con todo montado sobre el trípode, conté hasta tres y salí a la intemperie.

El diluvio me recibió con una caricia húmeda sobre el rostro; frente a mí, la silueta del castillo de Perputxent se velaba tras una tupida cortina de agua y sólo el fulgor de los relámpagos, cada tanto, la recortaban contra el cielo. Ciertamente, aquello era una locura y cualquier intento por fotografiar algo –pensaba– resultaría baldío. Situé el trípode en mitad del riacho que corría camino abajo, abrí la focal al máximo, enfoqué a la hiperfocal, de memoria, y encuadré aprovechando el contraluz en la escena. Después, aseguré los movimientos de la rótula, limpié las gotitas sobre la lente del objetivo y lo protegí con la tapa. Sólo restaba esperar. Finalmente, el temporal me ofreció la tregua que tanto ansiaba y aunque en ningún momento dejó de llover, a poco que declinó el diluvio retiré la tapa del objetivo y porfié con la tormenta. Abrí el obturador y aguardé a que las luces refulgieran en el cielo. Las primeras tomas quedaron subexpuestas, de modo que subí la ISO hasta 200 y abrí el diafragma a f5.0; entonces, la Ley de Murphy quiso que los siguientes rayos me achicharraran el histograma y en adelante la sesión se convirtió en un subir y bajar la ISO, en un abrir y cerrar el diafragma buscando la exposición correcta.

Al cuarto o quinto intento cacé el primer rayo con un histograma de libro, y fue al verlo en el display de la cámara que no pude reprimir un grito: sí, tres años esperando el momento eran muchos. En la foto, los tentáculos del relámpago se alargaban hasta las lomas del castillo de Perputxent iluminando la escena con una tonalidad rosa chicle, un color poco habitual que he querido respetar y que supongo es el fruto del lavado de los tonos magenta por acción de la cortina de agua.

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La pertinaz lluvia me impedía iluminar el primer plano, de manera que en lo referente a la iluminación quedé a merced del azar. Cuando los rayos caían por detrás del castillo la silueta de éste quedaba a contraluz y el interés de la imagen recaía en el propio relámpago y en las tonalidades y texturas que tomaban las nubes. En muy contadas ocasiones el relámpago iluminaba la escena por delante, ofreciendo detalle en todo el paisaje, de modo que la mayor parte de las fotografías que tomé en aquel momento fueron contraluces que re-encuadré en formato 2:1 por desechar la zona inferior y centrar toda la atención en los perfiles de Perputxent y el cielo.

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Después de cometer algunos errores, aprendí a relacionar la intensidad de la luz que el rayo emitía con la exposición que éste producía en el histograma, y fue a partir de entonces cuando la sesión comenzó a cundir y me pude relajar. Sin embargo, poco tiempo pude disfrutar del sonido de la lluvia sobre el paraguas, de las coloridas luces de las nubes relampagueadas, del bramido del trueno entre las montañas o el musitar de las aguas en su discurrir hacia el barranco, porque la granizada llegó por la espalda, a traición, y el rayo cayó implacable sobre los maltrechos muros de Perputxent. Sí, mal pinta el asunto cuando el relámpago y el trueno llegan al unísono, cual escopeta que percute junto a tu cara, y ya cuando el segundo escopetazo me atronó el oído comprendí que había llegado el momento de anteponer la integridad al vicio. Tomé la cámara y la llevé conmigo al abrigo del coche; y allí, atormentado por el golpeteo del granizo sobre los cristales, el brutal fulgor de un relámpago marcó su estela en mis ojos. Tan grande fue el resplandor de su llegada, que su quebrada silueta quedó impresa en mi memoria visual, a fuego, durante varios minutos.

La tormenta se mostraba espectacular tras los cristales, tan furiosa y apocalíptica que al verme recluido en el interior del coche comencé a jurar en arameo. Desconozco cuanto tiempo permanecí allí dentro, pero recuerdo que cayeron decenas de rayos, cada cual más hiriente que el anterior, y que al ver el trípode abandonado a su suerte, huérfano, me llevaban los demonios.

A poco que el ojo de la tormenta pasó de largo, volví a probar suerte. La lluvia amainaba conforme la tempestad ponía tierra de por medio y sólo entonces me atreví a retirar el paraguas y abandonar la cámara al amparo del parasol y la funda por iluminar el primer plano con una linterna. En esta ocasión opté por re-encuadrar en un formato cuadrado, pues toda la atención se concentraba en la zona central de la escena donde un primer plano iluminado se separaba de los perfiles de Perputxent recortados a contraluz contra la tormenta: una superposición de tres planos que, a mi parecer, confiere profundidad y sensación de lugar y de momento a la fotografía.

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Sin embargo, aquella tregua meteorológica duró un suspiro y la tormenta, como si girase sobre sí misma, tomó nuevos bríos. No me quedó otra que regresar al abrigo del coche y después de un buen rato diluviando y granizando, decidí cambiar de ubicación por variar el punto de vista. Regresé a la antigua estación del ferrocarril donde el castillo y su torre se muestran de frente, pero lejos de amainar, el temporal arreció con tal virulencia que una tercera granizada me obligó a resguardar el coche debajo de un árbol.

Ante la imposibilidad de fotografiar la tormenta y en vista de que el nuevo día pronto comenzaría a clarear, decidí cambiar de localización. Pensé que después del diluvio, el Gorg del Salt ofrecería un tremebundo espectáculo digno de fotografiar y hacia Planes de la Baronía marché con la intención de encontrarme a solas con la barrancada. A su paso por Canèssia, la carretera era un lago salpicado de piedras y desprendimientos donde los mechinales de los muros de contención no daban abasto; sin embargo, una vez pasado el embalse de Beniarrés y conforme avanzaba hacia Planes, el diluvio derivó en llovizna.

Pasé toda la mañana en el Gorg del Salt, al arrullo de la barrancada, pero ésta, aunque evidente en el color de las aguas, no era todo lo violenta que esperaba. A eso de las 10:00 recibí una visita y supe por qué: aquella noche, en Margarida apenas habían llovido 40 litros.

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A eso del mediodía, mientras regresaba a Perputxent, la radio informaba las cantidades que el temporal de lluvia había descargado en las últimas 24 horas: 180 litros se registraron en Denia, 240 en la Atzubia y 270 en l’Orxa. No me extrañó: nunca había visto llover ni tronar como aquella noche.

Aquella tarde el temporal ofreció una tregua; sin embargo, a la mañana siguiente el diluvio regresó sobre los territorios de al-Azraq y, entonces sí, el Gorg del Salt bramó sus aguas en el desfiladero, camino de Perputxent.
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Cortesía de Miguel Jaén Monllor

Esta es la historia de una inusual sesión fotográfica donde la Naturaleza mostró su cara más agresiva, historia que me propuse contar mientras la disfrutaba en directo. Sólo decir para terminar que todas las fotografías llevan incrustados los datos EXIF y que los tres mejores instantes que pude recoger aquella noche los reservo para rememorarlos más adelante, quién sabe si en una mejor ocasión..

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2 comentarios:

Oscar Marti dijo...

Enhorabona, un magnífic relat i unes increibles fotos

fer dijo...

Impresionante! Creo que has transmitido muy bien lo que viviste aquella noche... y creo que lo que más me ha impresionado es el video del Gorg del Salt, es brutal la fuerza del agua... Ahora entiendo el porqué de cómo estaba la vía verde el viernes pasado... y de con qué fuerza bajaba el Serpis...

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