06/06/2011 – Benillup de Perputxent: alquería, necrópolis y ritos funerarios

Benillup de Perputxent

La alquería de Benillup se emplazaba en la margen izquierda del río que venía de Cocentaina, elevada sobre su cauce. Los primeros documentos que la citan (Binalup, Benilop, Benilup) se remontan a finales del siglo XIII, evidenciando su origen andalusí. Las cartas pueblas emitidas por aquel entonces muestran una alquería rodeada de campos de cultivo, dotada de un profuso sistema de acequias que ponía en producción sus fértiles huertas; sin embargo, según se desprende de la documentación medieval, el trigo, la viña, los frutales y los olivos eran los cultivos mayoritarios, por lo que las huertas debían concentrarse en la parte baja del término, junto a la alquería, en las proximidades del río.

Tras la conquista feudal, la alquería fue poblada con cristianos, sin embargo éstos debieron abandonarla pronto dado que la carta de población emitida en 1316 muestra un lugar habitado exclusivamente por mudéjares. Tres siglos después, tras la expulsión de los moriscos, Benillup volvió a ser poblada con cristianos, quedando totalmente deshabitada a principios del siglo XIX.

Hace un par de años visité las ruinas de lo que mis padres llamaban la “iglesieta de Benillup”. Poco quedaba de ella, apenas los restos de un muro perimetral cuya fábrica se antoja posterior a la expulsión de los moriscos. Mi madre me habló del aljibe que existía en su interior, incluso me señaló el lugar exacto donde se encontraba, pero me fue imposible constatar su existencia debido  al estado ruinoso del edificio y a la maraña vegetal que lo envolvía. A unos 50 metros de “la iglesieta” se levantan seis casetas de aperos que aparecen remozadas y reconstruidas con materiales actuales, borrando -u ocultando en sus basamentos- cualquier vestigio arquitectónico de la antigua alquería andalusí, mudéjar y, posteriormente, morisca.

Benillup de Perputxent

La antigua alquería queda a 400 metros de unos terrenos propiedad de mi familia; lo digo porque me consta que era allí donde los musulmanes enterraban a sus muertos. A mi abuelo le escuché contar que un día, al arar en profundidad la zona del bancal donde había instalado una era, encontraron restos humanos. También, que tres cráneos de los que allí aparecieron los donó a un médico y dos sacerdotes amigos de la familia. Los restos aparecieron cubiertos con tejas; sin embargo, nada me supo decir acerca de la posición de los cuerpos, aunque supongo que el dato de las tejas es lo suficientemente revelador como para atestiguar que se trataba de un cementerio musulmán. Conozco el lugar exacto del bancal donde se encontraron los restos, localización que me reservo en aras de preservar el descanso eterno que mis antepasados no supieron respetar, seguramente, por tratarse de moros.

Un acto similar de “morofobia” ocurrió en el cementerio de la vecina alquería andalusí de Benitariq (Benitàixer, Benicazis). Fuentes fidedignas me contaron que el propietario de unos bancales sitos en la partida de Benitàixer descubrió numerosos restos humanos mientras realizaba labores de labranza, y que al constatar que se trataba de enterramientos islámicos pulverizó cuantos cráneos y esqueletos quedaron a tiro de su azada: un acto del todo reprobable, sólo justificable desde la intolerancia, el fanatismo religioso y la ignorancia de otras épocas.

Ritos funerarios en al-Andalus. La sepultura en el ámbito rural

A raíz de conocer la ubicación del cementerio musulmán de Benillup me interesé por leer acerca de los ritos funerarios practicados en al-Ándalus. Para ello consulté varias publicaciones, entre ellas un artículo del arqueólogo Josep S. Castelló i Marí titulado Les necròpolis islàmiques i els ritus d’enterrament a la Marina Alta, donde se describen los rituales en los enterramientos islámicos así como los tipos de sepulturas encontradas en un ámbito geográfico próximo. A este respecto debo advertir que las informaciones acerca de los ritos funerarios varían ligeramente según la fuente consultada, en buena parte porque –supongo- éstas emanan de trabajos de excavación e investigación acometidos en diferentes lugares, que afectan a diferentes cronologías y que se prestan a diferentes interpretaciones.

Enterramiento islámico

El Islam defiende la igualdad de sus fieles en el momento de la muerte, suprimiendo los privilegios mundanos; por tanto, el ritual de enterramiento en al-Ándalus resultaba homogéneo y, aunque existían algunas variantes ceremoniales dependiendo de las diferentes escuelas coránicas, los ritos de preparación del cuerpo, amortajamiento y enterramiento, en lo esencial, resultaban iguales.

El ritual seguido en al-Ándalus propugnaba la inhumación individual. El cuerpo del difunto se lavaba y purificaba con agua (dicen que frotándolo con hojas de parra o níspero remojadas); seguidamente se perfumaba y amortajaba, envolviéndolo en un sudario de algodón (hacerlo con seda estaba prohibido) preferiblemente de color blanco. Antes de trasladarlo al cementerio, si era posible, se llevaba al difunto a la mezquita y se le rezaba una oración. Después, se llevaba al cementerio en procesión de modo que el momento del entierro se hiciera coincidir con la oración del mediodía, de la tarde o del ocaso. Antes de darle sepultura se rezaba la oración del difunto junto a la fosa, que debía excavarse en tierra virgen, hasta una profundidad equivalente a la mitad de la altura de un hombre. El cadáver se disponía sobre su costado derecho, con las piernas y los brazos ligeramente flexionados, las manos recogidas sobre el pubis y el cuerpo colocado de manera que el rostro quedara orientado hacia La Meca. Antes de consumar el cerramiento de la fosa se depositaba junto al difunto la carta de la muerte: un pergamino o papel donde se escribía –dicen que con tinta de azafrán- la profesión de fe y la súplica para el perdón de los pecados. Esta solía colocarse debajo de la cabeza o en el costado derecho, y era de gran provecho durante el juicio final.

Cubierta de sepultura

Según se ha podido constatar en excavaciones arqueológicas realizadas en algunas necrópolis musulmanas próximas, los enterramientos en el ámbito rural se producían sin superponer las fosas, al contrario de lo que solía ocurrir en las medinas, donde el número de habitantes y la falta de espacio a menudo obligaba a sobreponerlas. Las fosas eran simples, sin revestimiento alguno de los paramentos interiores. Las sepulturas, por tanto, se excavaban en el suelo y el cadáver descansaba directamente sobre la tierra. Tras el enterramiento, el cuerpo del difunto se cubría con piedras, losas y/o tejas, sobre las que se vertía el producto resultante de la excavación formando un túmulo de tierra que servía de señalización externa. A menudo, este túmulo de tierra se cubría con piedras (sueltas o trabadas con mortero), o simplemente se disponía una piedra en vertical sobre la cabecera y otra sobre los pies con el fin de señalar la localización exacta de la tumba. Ni los túmulos de tierra ni las señalizaciones externas suelen conservarse. Tampoco suelen encontrarse ajuares en el interior de la tumba más allá de algunos objetos cerámicos domésticos (el Corán prohíbe los enterramientos con objetos suntuosos), aspecto este que dificulta su datación.

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