13/12/2010 – El barranc de l’Infern bajo la llovizna

Cuando el río Serpis abandona la fértil vega de Perputxent y supera el castillo que domina el valle, se aventura en un congosto de retorcida y demoledora orografía. Se trata del barranc de l’Infern, un desfiladero abierto a golpe de agua entre las estribaciones orientales de la sierra de Benicadell y la sierra de la Safor.

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Es de suponer que los tesoros que encierra tan formidable quebrada quedaron celosamente velados a los ojos del hombre hasta finales del siglo XIX, cuando se acometió la construcción de la línea férrea que atravesaría el barranco, por cuya plataforma circularon los convoyes entre 1892 y 1969. De la inaccesibilidad del lugar da cuenta su nombre y no es de extrañar, por tanto, que sus singularidades geológicas, faunísticas y botánicas escaparan del análisis del afamado Antonio José Cavanilles cuando la elaboración de su obra “Observaciones” lo trajo por estas tierras a finales del XVIII.
 
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Actualmente, el caminante accede con comodidad por la que antaño fuera plataforma ferroviaria. El camino de hierro discurría junto al río, elevado sobre su cauce, como un balcón corrido al que irremediablemente me tuve que asomar. Los colores del otoño me acompañaban por la derecha y, cada tanto, pausaban la marcha por retratar el paisaje bajo mis pies. Los cañaverales languidecían bajo la fina lluvia, compartiendo protagonismo con los carrizales, junqueras y adelfares, con las saucedas, espadañales y choperas que prosperan en las riberas del Serpis.
 
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La acción de los incendios forestales se intuye sobre las laderas y escarpes del barranco donde la vegetación arbórea –aunque prolija- se antoja menos exuberante de lo que sería en el pasado. Las pinadas aparecen por doquier y algunos ejemplares jóvenes de carrasca se dispersan por el paraje evocando lo que en otros tiempos serían extensas formaciones boscosas. En la lejanía, colgados de los riscos en las vertientes de umbría, el oro otoñal de los fresnos de flor se muestra solitario, como una pincelada en el paisaje.

El lentisco y la cornicabra, el enebro, la coscoja y la aliaga se presentan cada tanto al caminante. A menudo lo hacen solas; otras, se acompañan de sabinas y palmitos, de higueras y algarrobos que abandonan antiguos campos de cultivo por irrumpir junto al camino. La llovizna cae vertical y el andar se hace más reposado cuando el aire huele a tomillo y romero, a pebrella y santolina.

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El Serpis bajaba tranquilo entre las peñas desprendidas de las alturas, un saltito aquí, un brinco allá, tan alegre y cantarín que no pude contenerme. Me arrimé a su vera por escuchar la voz que me hablaba de otros tiempos, cuando el lobo acechaba en el encinar al abrigo del hombre, y allí, sentado sobre los guijarros de su lecho, clavado en lo más profundo del barranco, presentí la fuerza de sus aguas, el ímpetu de su corriente cuando ruge la barrancada.

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