11/05/2010 – Incursión en los territorios de al-Asdraq (8): hisn Qashtal

El lunes 3 de mayo partimos para la sierra de l’Aixortà, en la frontera meridional de los dominios de al-Asdraq. La previsión meteorológica era realmente mala: viento, lluvia, frío… y vaya si se cumplió. Al poco de llegar nos recibió la tormenta y, así, bajo el diluvio, nos acercamos hasta “els Arcs”, un capricho de la Naturaleza de espectacular factura. La niebla realzaba la grandeza de aquellos arcos de piedra, pero la lluvia y el viento nos puso a prueba antes de permitirnos fotografiarlos.

Els Arcs

El plato fuerte vendría después: hisn Qashtal. Era este uno de los ocho castillos presentes en el Tratado de al-Qal’a, cuyas rentas se repartirían al-Asdraq y Jaime I por espacio de tres de años antes de pasar, definitivamente, a manos feudales. Está situado a 1045 m de altitud, coronando el pico del Castellet, a dos aguas entre los valles de Castell de Castells, al norte, y de Guadalest, al sur. Es un castillo enriscado, muy alejado de los núcleos de población y zonas de cultivo, articulado en dos niveles topográficos muy diferenciados y con fuertes desniveles interiores. Pese a presentar una torre en su parte superior, su principal baza defensiva era su lejanía y la dificultad de sus accesos. Presenta, por tanto, todas las características de un castillo de época post-califal, concretamente -según los expertos- del siglo XI. Aunque no existe consenso acerca de las funciones que desempeñaban este tipo de fortalezas tan distantes, lo que sí queda claro es que no era este un castillo diseñado para la protección de las gentes y que una de las razones de su situación enriscada tenía que ser el control y la vigilancia de los valles situados a sus pies.

Qashtal

En el castillo de Qashtal viví la peor pesadilla desde que inicié este proyecto literario. Fue aquella una noche de perros, donde nuestra tienda de campaña parecía que iba a salir volando con nosotros dentro. Es cierto, pasé miedo en el interior de aquel habitáculo zarandeado a merced de un viento desbocado, donde la fina lluvia en el exterior impactaba con estruendo contra la lona de nuestra tienda, donde nuestros pies semejaban de hielo, donde la oscuridad imposibilitaba cualquier intento de escapar. Sí, fue del todo imposible tomar una foto nocturna hasta poco antes del amanecer, y aún entonces tuve que sujetar firmemente el trípode para que la toma no saliese trepidada. Aquel frío desgarrador inmovilizaba nuestras manos y dificultó sobremanera nuestro trabajo, de modo que las pocas fotografías que pudimos tomar tienen para mí un valor especial. Ahora, una vez pasado el mal trago, queda la experiencia de haber vivido una situación límite y, sobre todo, de haber conocido en mis propias carnes las condiciones de vida que tuvieron que soportar quienes muchos siglos antes pernoctaron en aquel castillo expuesto a los cuatro vientos. Ciertamente, una noche de cellisca en pleno mes de enero tuvo que ser muy complicada de pasar, por mucho fuego que los acompañara…

Antes de descender, sin embargo, el tiempo accedió a ofrecernos una tregua y nos obsequió con un cielo espectacular. Tanto valió la pena que, en cuanto crezca la luna, volveré.

Qashtal y la Mallada del Llop

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