21/03/2009 - Afinando sensibilidades: mi Canon, la noche y yo...

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Posiblemente, la razón más importante de procurarse un extenso archivo fotográfico a la hora de documentar un proyecto de ficción sea el reto que plantea la continua búsqueda de fuentes de inspiración. Esta búsqueda, sin duda, fomenta, amplía y mejora la percepción del mundo. La fotografía nocturna, además, ofrece una magnífica oportunidad de retrotraerse en el tiempo. Es justo cuando el mundo se detiene, cuando la oscuridad se adueña de la vida, cuando el cárabo llora y las estrellas aparecen en el firmamento, es justo en ese momento cuando, apoyado contra el lienzo de una muralla, o sentado a la entrada de una cueva, o plantado frente a la recortada silueta de una torre, puedes reconocer el pálpito de la emoción. Con un poco de suerte –si la contaminación lumínica y las luces de los aviones lo permiten– uno llega a sentirse un Homo sapiens junto a la boca de su caverna, un correo romano al que la noche sorprendió en su caminata, un wazir musulmán asomado al balcón de la noche, fascinado por el vívido tembletear de las estrellas. Es al abrigo de la oscuridad, en los más recónditos lugares de nuestros valles, donde manan las aguas de la inspiración, donde –con un poco de imaginación- todavía se escucha el aullido del lobo o los afinados acordes de la fídula, el arpa y el rabel.

La fotografía nocturna es una gran aliada: te obliga a reconocer el lugar en busca del encuadre idóneo, te afina la sensibilidad por la luz, te muestra el movimiento de los astros, el valor de la paciencia, de la soledad y el silencio.

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