09/01/2009 - Plenilunio (2)

Llegamos con el ocaso, con el tiempo justo para fotografiar la puesta del sol tras Benicadell. Según nuestros cálculos la luna no apuntaría entre los riscos hasta pasadas las 23:00, y así fue. Teníamos tiempo. Cargamos con el equipo y al poco de adentrarnos en el barranco las ranas nos dieron la bienvenida. Nos sentamos junto a un remanso para escuchar su serenata, y por el silencio que guardaba mi acompañante supe que el lugar le había impresionado; para mí, sin embargo, era como llegar a casa. Allí viví parte de mi infancia y de mi adolescencia, y ya de adulto, los tres años más introspectivos de mi vida. Le hablé del paraje, apenas unas pinceladas para que se situara: de cómo había sido tres décadas antes, de la fauna que lo habitaba, de por qué lo habían declarado microreserva de flora... mas preferí reservarme lo concerniente a la leyenda para cuando la noche estuviese más cerrada. Recuerdo que, mientras le hablaba, montó la cámara sobre el trípode y tomó una foto del rincón donde en verano florecen las espadañas. Una buena elección, sin duda. Antes de continuar nuestro camino, alumbré el fondo de la charca y le hablé de aquellos cangrejos de los ojos rojos que depredan la Dugastella valentina, y en un acto de repulsa por su intrusión ecológica, metí la mano en el agua, agarré uno, y le arranqué de cuajo la cabeza.

Enfilamos el camino que subía a los corrales de l’Encantà. La noche había caído, pero la silueta de la senda todavía se percibía. Paramos un par de veces, buscando la horizontalidad del terreno y un encuadre que nos convenciera, y con cada parada el perfil del barranco se nos mostró cada vez más imponente. Fue justo al bordear un saliente rocoso, pegados a las ramas de una coscoja, donde finalmente nos instalamos. El formidable escarpe de Fantaquí quedaba a nuestra derecha; a los pies de la pared vertical, escondidos entre la vegetación, los corrales de l’Encantà dormían.

Cuando abrimos las mochilas, descubrimos que la linterna de largo alcance que trajimos para perfilar el barranco la habíamos olvidado en el coche.

—Ve montando el equipo mientras voy a por ella –le dije–. En diez minutos estaré de vuelta.

Y en el preciso instante que me decidía a marchar, la alarma del coche comenzó a sonar.

—Vaya, estamos de suerte –bromeé–: parece que l’Encantà anda suelta...

Aproveché el suceso para relatar la leyenda de la doncella que los moros dejaron encantada, aquella que salía cada cien años, en noches de luna llena. Cuando terminé, la alarma había callado y, sin saber por qué, eché la cuenta de los años que habían pasado desde la última vez que la Mora se había aparecido a alguien. Recuerdo que siendo niño se contaba en Beniarrés que a un señor de avanzada edad cuyo nombre reservaré, se le había aparecido la Encantada. Decían que el suceso había tenido lugar siendo él un muchacho, mientras encerraba el rebaño familiar en aquellas cuevas-corral que teníamos frente a nosotros, y que a consecuencia del susto se le había quedado aquella horrible parálisis en el lado izquierdo de su cara que le torcía el gesto en un rictus, tan acusado, que le impedía el habla. Por aquel entonces –calculé–, el señor superaba los setenta años, que sumados a los acontecidos desde entonces, rondarían los cien.

No pude ver la cara de mi acompañante, pero cuando hice ademán de bajar a por la linterna, me cogió del brazo y se empeñó en que lo dejara.

Montamos el equipo y, entre bromas y sin apenas darnos cuenta, el barranco comenzó a perfilarse con la claridad de la luna. Pronto, sus singularidades geológicas se hicieron visibles y entonces le hablé de la atracción que, desde joven, ejercían sobre mí aquellos dos megalitos, de cómo siempre había fantaseado con llegar hasta ellos por esconder algún pequeño tesoro con el que premiar a quienes, como yo, sintieran la atracción de su llamada. Mi compañero me habló de las fuerzas telúricas y de cómo en la antigüedad los megalitos se consideraban centros de energía donde, entre otros, se realizaban toda clase de sortilegios.

—En la Edad Media se les llamaba las «butacas del Diablo»...

A menudo, uno se recrea en la casualidad cuando esta se presenta sola, inofensiva; pero cuando la casualidad llega acompañada de otra suerte de coincidencias, el recelo se hace inevitable; y así fue cómo el emplazamiento elegido, imprevisiblemente, coincidió con la salida de la luna tras uno de los megalitos de los que hablábamos.

Aquello terminó por descolocarnos, y ya desde el mismo momento en que vimos la foto en el display de la cámara comenzamos a hablar del lugar en términos de energía. Pero la coincidencia que más nos había de sorprender estaba aún por llegar... Recuerdo que discutíamos sobre la especie a la que podía pertenecer el árbol que coronaba el megalito –si era encina u olivo, e incluso algarrobo– cuando la luna nos mostró su redondez entre las nubes. Encuadramos, enfocamos con el láser y disparamos. La primera foto salió subexpuesta y ya en la siguiente aumentamos el tiempo de exposición. Entre ambas tomas discurrieron unos minutos, los suficientes para que la luna se levantara sobre el barranco. Al comprobar el resultado en la pantalla, constatamos que un reflejo sobre el megalito había estropeado la foto.

—Vaya, el teleobjetivo está sucio.

Cambió el 70-300 mm por un 18-55, abriendo, por tanto, el plano de encuadre. Disparamos y, de nuevo, al mirar la pantalla, otro reflejo apareció justo encima del megalito.

Volvió a montar el teleobjetivo, desplazó el trípode unos metros y, sin mediar una sola palabra, encuadró, enfocó y presionó el autodisparador. No hacía falta que lo dijera, yo sabía el motivo de los cambios y he de reconocer que mientras tomábamos una nueva foto miré hacía atrás, varias veces, buscando la silueta de la Encantada sobre el camino. Al visualizar la pantalla, un escalofrío nos sacudió el cuerpo: por tercera vez el reflejo aparecía sobre el megalito...

IMG_1959-1

—No es posible, he limpiado las lentes y el prisma, y hemos cambiado el objetivo, el encuadre y hasta el ángulo de ataque. No hay duda: es una señal.

Debo decir que he corrido aquellos parajes a la luz de la luna y aun sin su ayuda. Muchas veces. Nunca he sentido temor al hacerlo, al contrario, contemplar las estrellas mientras se escucha la noche es una experiencia de lo más reconfortante, pero aquel día, cuando abandonábamos el lugar, un sentimiento de alivio me acompañaba...

Veintiocho días después regresamos a l’Encantà y, ese día sí, sentimos toda su energía. Ciertamente, el lugar está encantado...

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